06/19/17
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La pobreza arrebata la niñez a un millón de menores trabajadores en Guatemala

El país centroamericano se marca como límite el 2020 para erradicar el trabajo infantil.
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María Fernanda Rodríguez cumplirá 15 años en 2020, fecha en la que el Gobierno de Guatemala y varias entidades económicas y sociales se han propuesto erradicar el trabajo infantil en su totalidad a través de una hoja de ruta aprobada en 2009, que afecta a varios ministerios, como el de Educación y Sanidad. De momento, ya se ha incumplido el objetivo de eliminar para el 2015 las peores formas de trabajo infantil en el país: continúa habiendo menores trabajando en fábricas de fuegos artificiales, así como picando piedra o cortando leña, sobre todo en el área rural, donde vive la comunidad indígena, tal como denuncia la coordinadora del Programa Educativo del Niño, Niña y Adolescente Trabajador (Pennat), Lenina García.

Mientras no se implemente la citada hoja de ruta, María Fernanda seguirá madrugando, tal como hace desde que tenía ocho años, para ayudar a sus padres a vender aceite, a partir de las seis de la mañana en el mercado La Terminal de Ciudad de Guatemala. Pese a que asegura que le gusta su trabajo, admite que preferiría estar estudiando para cumplir su sueño de ser secretaria.

Ella es solo una de los 3.000 menores de 14 años que se calcula que trabajan en el mercado más grande de Centroamérica, donde niños y niñas a partir de los cinco años ya realizan labores de adultos desde primera hora de la mañana ofreciendo en plena calle todo tipo de productos, cocinando en los comedores o acarreando pesadas cargas. García revela que si son vendedores ambulantes, tal vez ganen 30 o 50 quetzales al día (3,75 o 6,25 euros), mientras que quienes trabajan en comedores llegan a ganar entre 500 y 800 quetzales al mes (62,5 y 100 euros).

Esta situación no solo se da en este mercado, sino en todo el país, donde según la coordinadora de Pennat, trabajan un millón de niños, si bien el Ministerio de Empleo reduce esta cifra a 850.000. Concretamente, la Encuesta Nacional de Empleo e Ingresos de 2016 del Instituto Nacional de Estadística revela que en el país centroamericano el 6,3% de los niños de entre siete y 14 años realiza algún tipo de actividad económica. Además, este estudio pone de manifiesto que la mayor parte de los menores que trabajan se dedica a la agricultura (58,8%), seguida del comercio, alojamiento y servicios de comida (24%) e industrias manufactureras (9,3%).

El trabajo infantil es visible incluso en la principal Avenida de la capital de Guatemala, denominada La Sexta, donde es posible observar a niños y niñas de muy corta edad lustrando zapatos o vendiendo productos ante la pasividad policial, a pesar de que la Constitución Política de Guatemala establece en el inciso L de su artículo 102 que “los menores de 14 años no podrán ser ocupados en ninguna clase de trabajo, salvo las excepciones establecidas en la Ley”. Además, añade que “es prohibido ocupar a menores en trabajos incompatibles con su capacidad física o que pongan en peligro su formación moral”.

Mientras, el Código del Trabajo prohíbe en su artículo 148 emplear a menores de 14 años, si bien en su artículo 150 precisa que la Inspección General de Trabajo “puede extender, en casos de excepción calificada, autorizaciones escritas para permitir el trabajo ordinario diurno de los menores de 14 años”, siempre y cuando se garantice que el niño o la niña “va a trabajar en vía de aprendizaje o que tiene necesidad de cooperar en la economía familiar, por extrema pobreza de sus padres o de los que tienen a su cargo el cuidado de él”.

Aumento de la pobreza

Precisamente, Lenina García señala que el origen del trabajo infantil es la pobreza que afecta al país, que lejos de disminuir se incrementa cada año, tal como refleja la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida de 2014. Así, el 59,3% de la población (9,3 millones) vive en situación de pobreza o pobreza extrema con unos ingresos anuales que oscilan entre los 5.750 y 10.218 quetzales (718 y 1.277 euros). Ello supone un incremento de 8,1 puntos en relación al mismo estudio realizado en 2006, cuando la pobreza afectaba al 51,2% de la ciudadanía.

“Las familias no dan abasto para sufragar sus necesidades”, lamenta García, lo que provoca que todos sus miembros, incluidos los niños, salgan a trabajar y vender de manera informal. Un ejemplo de ello es Juana Elvira García, quien tiene tres hijos, de 18, 16 y 13 años, que comenzaron a trabajar cuando solo tenían ocho para ayudarla a vender panes shucos en el mercado de La Terminal. “Su padre murió cuando eran muy pequeños y entre todos tuvimos que trabajar de lunes a domingo para podernos sostener”, manifiesta, al tiempo que recuerda que ella también tuvo que trabajar desde los ocho años para ayudar a su madre teniendo en cuenta que eran siete en la familia.

En este sentido, la coordinadora de Pennat apunta que el trabajo infantil se produce en un contexto en el que “no existe planificación familiar, ni condiciones de educación, ni de salud, ni de trabajo para la población”, debido a la “ausencia de un Estado y unas instituciones que garanticen los derechos a la gente”.

Por ello, subraya que organizaciones como la suya tienen que asumir las funciones que le corresponden al Gobierno, de forma que desde 1995, Pennat intenta que los menores trabajadores tengan un futuro más esperanzador. Para ello, ofrece formación gratuita a 250 niños y niñas en siete mercados de la capital de Guatemala, que se adapta a los horarios de trabajo y que les posibilita lograr la Primaria en solo dos años. Al mismo tiempo, imparte estudios de capacitación técnica en materias como diseño gráfico, serigrafía o economía solidaria.

Ello ha dado la oportunidad de estudiar a los hijos de Juana Elvira García o a la hija de Rigoberto Hernández, quien regenta un puesto en el mercado de La Terminal en el que cuenta con 20.000 sandías y melones para vender al por mayor. “Mis hijos desde que tenían seis años trabajan aquí conmigo y yo no les obligo, sino que a ellos les gusta ayudarme”, sostiene, al tiempo que asegura que no le gustaría que estuvieran trabajando, sino “preparándose para ser unas personas estudiadas que saquen su carrera”. Hernández también tuvo que ayudar a su padre cuando era pequeño, ya que desde que tenía seis años, según rememora, debía conducir el ganado a una finca en el interior de Guatemala a partir de las tres de la madrugada.

Su hija, Ruth, de 11 años, también madruga cada día, de forma que mientras la mayoría de niños duermen, ella se levanta desde que tenía seis años a las tres y media de la mañana para ayudar a su padre en el negocio de las sandías y melones. A las cuatro llega con los ojos somnolientos a este laberinto de pasadizos, donde se dedica a separar las frutas defectuosas antes de comenzar a ofrecerlas a las miles de personas que cada jornada acuden al más extenso mercado de venta al por mayor de la capital de Guatemala.

Fenómeno endémico en Latinoamérica

El trabajo infantil es un fenómeno endémico que afecta a 12,5 millones de menores de entre cinco y 17 años en América Latina y el Caribe, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT). En esta línea, Guatemala es el país que registra el mayor índice, según la Procuraduría de los Derechos Humanos de este país (PDH), que cifra en 850.000 los niños obligados a trabajar, de los que el 43% está sin escolarizar. Así, la Defensoría de la Niñez y Adolescencia de la PDH critica que “la pobreza y la extrema pobreza se están agudizando en el país” y, por ello, recuerda que “todos los miembros de la familia tienen que aportar para poder sobrevivir”.

En este contexto, lamenta que los avances de la hoja de ruta para erradicar el trabajo infantil han sido “escasos”, dado que sigue habiendo niños y adolescentes “trabajando en distintas actividades y muchos de ellos siendo explotados por adultos que los obligan a lustrar zapatos o vender flores y chicles en los semáforos”, sobre todo, en Ciudad de Guatemala, Quiché y Huehuetenango. “Existe un abandono del Estado, dado que hay una falta de programas para fortalecer a las familias”, censura la Defensoría de la Niñez, quien recalca que el trabajo infantil supone una “violación a la dignidad de los niños y adolescentes que tienen derecho a vivir como ellos quieren y libres de humillaciones”. Ello es debido, a su juicio, a que el Gobierno no ve a los menores como un “eje prioritario en su agenda política y presupuestaria, sino que los ven como un gasto”, a pesar de que el país que invierte en su niñez tiene “un futuro mucho más amplio".

Mientras, el presidente de Guatemala, Jimmy Morales, asegura, en declaraciones a Planeta Futuro, que le gustaría poder acabar con el trabajo infantil en su país, si bien considera “irresponsable” prometer que lo conseguirá. Para lograr este objetivo, se ha puesto en marcha la Comisión Nacional para la Erradicación del Trabajo Infantil (Conapeti), para garantizar que Guatemala cumpla el Convenio de la OIT 138 sobre la admisión mínima de admisión al empleo Al mismo tiempo, el pasado 26 de enero la Ministra de Trabajo, Aura Leticia Teleguario, ratificó el convenio 182 con la OIT para eliminar las peores formas de trabajo infantil, como la explotación de menores en las minas.

Sin embargo, aún queda mucho por hacer, tal como demuestra el hecho de que en septiembre de 2016, el alcalde de la localidad de San Luis, en el departamento de Petén, Jesús Claros Arriaza, entregara “como muestra de cariño” a los niños y jóvenes pobres 18 cajas de lustre de zapatos, para que pudieran ayudar económicamente a sus familias. Este acto, en el que participaron niños que apenas superaban los diez años, generó tal polémica que el primer edil tuvo que aclarar que la entrega de las cajas se hizo “a petición de los vecinos”, alguno de los cuales, según dijo, llegó acompañado de tres menores que “ya cuentan con una beca de estudios”.

Pese a ello, el Departamento de Trabajo de EE UU reconoce en su último informe anual realizado en 2015 que Guatemala es uno de los ocho países de América Latina y el Caribe que acreditó “avances significativos” en la lucha contra el trabajo infantil a través de la implementación de programas sociales que combinan la mejora de la educación y la lucha contra la pobreza.

Esto supone una esperanza para niñas como Ruth Noemí Hernández, quien antes de continuar una jornada más ayudando a su padre a vender sandías y melones asegura que de mayor le gustaría ser enfermera. Para lograrlo, asiste cada día a las clases que imparte Pennat, con el objetivo de que los menores tengan aspiraciones de futuro y no se limiten a trabajar toda su vida en el mercado. ASIER VERA SANTAMARÍA/elpais.com

Publicado por: Staff Noticias Nebraska
(cristina@noticiasnebraska.com)

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